Cuentos de Josefina

Cuentos de Josefina

¡Hola!

Arrancó octubre y yo con una novedad: Cuentos de Josefina. Nuevo mes, nueva sección (y última supongo). Voy a publicar un cuento por mes escritos por mi prima Josefina, hasta que la inspiración se acabe (ojalá que nunca). Personalmente, me encanta como escribe y hace unos meses le propuse si le gustaría escribir cuentos cortos para el Blog. Le entusiasmó la idea, pero me dijo “vamos a ver que sale…”. Y lo que salió fue muy lindo, a mi me encantó, y viniendo de Jose no me sorprendió… sabía que iba a ser bueno.

¡Bienvenida al blog Josefine!

 

Serie El Roble – I de IV

La bellota.

Cayó con fuerza, rebotando con insistencia en el patio de piedra de la gran casa. Le costó soltarse, estaba bien amarrada a su rama. Fue un suspiro insipiente en la primavera, para convertirse en una bellota madura en el otoño.

Pasó de ser un bollito, despuntando su sombrero gris, a una esfera de color verde intenso. Disfrutó del verano, superó el enero arrasador de la pampa húmeda. Pero a pesar de todo, pudo engordar hasta alcanzar su tamaño máximo.

Pero un día, el verano pasó y el otoño llegó. El roble europeo se amarronó. De a poco y una a una, cada una de sus hojas fueron cayendo. Empezó a escuchar golpes más fuertes, seguidos de un rebotín de varios pasos. Se horrorizó al descubrir que eran sus hermanas las que se soltaban hacia el vacío. Entendió que un día, ella también debería soltarse.

Pero mientras tanto, siguió aferrada a su rama. El miedo la envolvió. Imposible conocer qué habría allá abajo. Imposible saber si el caer dolería. Entendía que cambiar siempre duele. Porque es dejar lo conocido por lo desconocido. Avanzar, siempre duele. Es dejar morir lo viejo para dar oportunidad a lo nuevo de crecer.

Supo que un día enfrentaría su hora, y no tendría más opción que soltarse. Creyó reconocer que a cada cosa le llega su momento. Que no importa cuánto nos aferremos, los ciclos avanzan, la vida se vive a sí misma.

Y así, grandota, amarronada y llena, y casi en los albores del invierno, se soltó.

Voló.

Voló por los aires y nunca pensó que lo podría disfrutar tanto. Ni siquiera dio lugar al miedo, no hubo tiempo de sentir miedo. Y así, casi sin darse cuenta, llegó el suelo. Rebotó con ganas por las lajas del patio de piedra hasta un rincón de tierra debajo de una enredadera.

No le dolió tanto. Era más lo que se imaginó que lo que fue realmente. Encontró refugio en la tierra debajo de la enredadera. Entendió que su destino era más grande. Entendió que su destino era ser un roble del tamaño esplendoroso como del que se había soltado.

Tenía vocación para más.

Vio que muchas de las otras bellotas no llegarían a ser árbol. Porque no habían caído en un buen lugar, porque no les llegaría el agua necesaria. Ella supo que sería un gran roble.

Me llamó la atención que abajo de la enredadera del patio estaba creciendo un roblecito. Sus hojitas insipientes ya despuntaban, mostrándome lo que algún día llegará a ser. Con cuidado, y con una pala lo trasplanté a una maceta. Ahí, aguarda su sueño de robustez, que algún día, alcanzará.

 

 

 

¡Buena semana!

Adeus!



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