Serie El Roble – II de IV (Cuentos de Josefina)

Serie El Roble – II de IV (Cuentos de Josefina)

Hola!

Empezó noviembre, penúltimo mes del año. Y con Noviembre llega el segundo cuento de Josefina. Espero que lo disfruten. A mí simplemente me encantó. 🙂

 

Serie El Roble – II de IV

El Tornado.

Hace 20 años, un 27 de diciembre, ya atravesando días de mucho calor, llegó una tormenta devastadora. Casi igual a cuando la vida nos golpea inesperadamente. Son unos pocos segundos, y de repente nuestro mundo ya no es el mismo.

El calor estaba pesado en esos días, no tenía tinte de insoportable, pero se notaba la pesadez en el aire cargado de humedad. Era la hora del almuerzo. Salí afuera un momento y pude sentir en mi piel que algo estaba por acontecer. Era palpable.

Todo estaba en silencio. “La calma que precede la tempestad”, pensé. El viento había frenado. Los pajaritos habían enmudecido. Atiné a llamar a los perros y meterlos adentro de la gran casa. En ese momento, se desató la tormenta y el tornado nos envolvió con su fuerza.

Corrí adentro de la casa, viendo que en cada ventana en la que me asomaba, vislumbraba una nueva pared verde, un árbol caído en cada rincón.

Los robles no fueron excepción.

Estos dos robles los plantaron mis bisabuelos, con semillas que trajeron de su País Vasco natal. Ya con unos 80 años, su porte majestuoso nos llenaba de frescura en los días duros del verano. Ubicados en la parte posterior de la casa, al lado del patio de piedras, funcionaban como bloque verde de hermosura.

El gigante de atrás no resistió el tornado, y el más cercano a la casa, se escoró hasta rozar el techo, pero no cayó.

Hoy, 20 años después, el gran roble sigue en pie. Luego de la tormenta, se lo podó para que el peso no lo tumbara hacia la casa. Él supo balancearse. Reforzó sus ramas contrarias, y aunque nunca volvió a su posición original (las heridas siempre nos transforman), hoy se sostiene majestuoso, siendo el legado de una historia que todavía se respira.

Perdió a su hermano, pero hoy, casi en ese mismo lugar, crece un nuevo roble que ya lleva varios metros en altura. No fue plantado. Fue una bellota que cayó en el lugar exacto para cumplir su sueño de ser.

Y por supuesto, el roble viejo no es el mismo que antes del tornado. Pero supo aceptar que las reglas del juego habían cambiado. Que ya no sería perfecto. Que sus heridas serían visibles. Que andaría escorado por el resto de sus años. Pero que su sabia seguiría corriendo por sus venas, el tiempo que todavía le toque estar en pie.

 

 

Buen miércoles!

Adeus!